Retrato de Salomón tomado por Ángel Carrillo Cárdenas para su artículo “Un santuario es una obra silenciosa”

Algunas reflexiones en torno al veganismo

Este es mi primer lustro desde que decidí ser vegana y quise celebrarlo con una práctica que ha sido más bien escasa en mi veganismo: compartir mi experiencia y mis reflexiones para mover a más personas a que tomen esta decisión tan urgente. Lo adelanto de una vez: comer animales en un mundo tan hiperconectado no es una decisión personal porque el impacto que tiene sobre el planeta no es individual. Además de que comer carne es una barbarie totalmente innecesaria y prescindible, la FAO es enfática en que la alimentación basada en carne tiene que reducirse mínimo en un 90%, porque la Tierra no da más abasto en términos de biocapacidad para sostener este sistema productivo. Es un hecho, no una opinión así que mejor que partamos de ahí para dejar las cosas claras.

Los motivos que me llevaron a tomar esa decisión radical en mi vida no fueron los muy urgentes motivos ecologistas, eso vino después como reafirmación de mi decisión. Lo hice por motivos éticos, porque sentí que estaba actuando con crueldad e injusticia y tenía que parar de hacerlo. No hay ninguna justificación para matar o explotar animales si tenemos las suficientes opciones vegetales y artificiales para alimentarnos y cubrir todas nuestras demás necesidades. La realidad es que para quienes vivimos en ciudades este es nuestro escenario.

El siglo pasado estuvo lleno de grandes movimientos que lograron cambios sociales muy significativos: el feminismo, la lucha antirracial, el colectivo LGBTIQ, la reivindicaciones de las clases sociales más bajas. La concejala de Bogotá Andrea Padilla dijo esto que me iluminó: la lucha del siglo XXI es la antiespecista. La potencia de esta revolución es que nos hace sujetos mucho más empáticos porque la reivindicación de esta lucha por la extensión del círculo moral más allá de nuestra especie tiene algo particular que no han tenido las demás reivindicaciones sociales: es totalmente altruista, pues quienes defendemos los derechos de los animales no vamos a gozar de esos derechos, son por definición derechos para otros que no pueden emanciparse por sí mismos.

El veganismo no se trata de una dieta, es una postura política que amplia el círculo moral cobijando a los animales, esto significa que nuestra empatía puede recaer en un animal por el hecho de que compartimos la capacidad de sentir. Muchos identifican veganismo con una dieta estricta quizá porque es la práctica más evidente de este estilo de vida. Pero conforme uno se va adentrando en el veganismo, se va haciendo cada vez más evidente que el consumo de carne es apenas la punta del iceberg de toda la explotación sistemática de los animales. Usamos animales para absolutamente todas las cosas que consumimos: para nuestra entretención (cazándolos, viéndolos en circos, encerrándolos en zoológicos, coleccionándolos), para nuestro vestido (plumas, pieles, seda, pelos), para experimentar en ellos (experimentación científica médica), para comerlos y comer sus secreciones, para tenerlos como mascotas, para producir toda clase de productos cosméticos y médicos y seguro para otras cosas más que estoy olvidando.

La extensión del círculo moral se basa en el reconocimiento de que los animales tienen emociones con un alto nivel de complejidad. Como nosotros. Son seres capaces de elegir, jugar, amar y tomar decisiones. Son además individuos con sus propios deseos de vivir, de sentir bienestar, de cuidar. Como nosotros. El problema es que siempre tenemos nuestro lente antropocentrista que nos hace creer que somos la mayor expresión de inteligencia y sensibilidad de este planeta. Nos comimos entero el cuento de que somos lo más importante, de que estamos hechos a imagen y semejanza divina y por eso nos situamos por sobre todos los demás seres vivos. Ya es hora de que nos incomodemos y nos demos la oportunidad de pensar y sentir las cosas de otra forma, de dejar de marcar esa diferencia entre los animales y nosotros, pues somos animales humanos.

Tuve mi primer contacto con el vegetarianismo a los doce años gracias a un programa de dibujos animados en el que planteaban el dilema ético de comerse a unos animales y querer a otros. Creo que siempre he tenido una tendencia impulsiva por las cosas y cuando quiero implementar algo lo hago, sin transiciones. Soy una de esos casos excepcionales en los que de un día para otro se deja de comer animales, pero soy muy consciente de que hago parte de la excepción y no de la regla y espero con este texto poder impulsar a alguien a continuar en su proceso sea cual sea su siguiente paso. Así fue esa temprana decisión en mí: al día siguiente informé en mi casa que ya no quería comer animales, noticia que a mis padres les cayó muy mal y que fue muy difícil de defender para mí porque no tenía la suficiente información, sólo una intuición. Como por una especie de alineación de los astros, un domingo salió publicado en El Tiempo una nota que contaba casos de personas con prácticas radicales, recuerdo tres de ellos. Un señor que no veía televisión, otro que nunca había entrado y juraba nunca entrar a un McDonalds, y el que resonó en mí, un señor cuyo nombre no recuerdo que era vegano hacia ocho años. En ese año la palabra veganismo no era tan popular en Colombia como hoy, con lo cual ahora recuerdo con sorpresa que saliera en un periódico tan conservador. Él explicaba en qué consistía su postura contra toda forma de explotación animal y a mí que apenas había decidido que no quería comer carne y llevaba unos días poniéndolo en practica me hizo mucho sentido todo lo que él exponía. Impulsivamente decidí que no iba a comer nada más de origen animal (todavía no había entendido que la apuesta era también por no usar animales y por supuesto no me daba por enterada de que nuestra sociedad está montada sobre la explotación animal). Recuerdo ahora que mi papá quiso esconder ese periódico para que yo no lo viera porque conociendo lo decidida que era iba a querer dar ese siguiente muy precipitado paso. Al final no sé cómo llegó ese periódico a mis manos. Mi papá tenía razón de temer. El inconveniente: él era vendedor de leche en cantina, por supuesto que buena parte de la dieta familiar estaba basada en el consumo de leche. Hasta ahí llegó mi primer intento, pues tan pronto anuncié que no quería comer ningún producto de origen animal, mi papá me frenó en seco, ¿acaso de qué se supone que me iba a alimentar? Y por supuesto yo no sabía la respuesta, era una niña. Tuve que dejarlo hasta ahí y luego lo olvidé. Creo que me convencí de lo que me dijo mi papá, que era un capricho mío propio de la rebeldía de la adolescencia en la que ya estaba entrando.

Nueve años después estaba haciéndome un montón de preguntas en torno a mi lugar en el mundo y la forma como quería llevar mi vida. Pasaron dos cosas claves: una, iba en una buseta y en un semáforo en rojo se estacionó justo al lado un camión que transportaba pollos vivos en cajas plásticas. No pude no verlos, estaban en mi ventana frente a mi cara. Sentí mucha incomodidad porque inmediatamente reconocí su dolor, porque vi que el hacinamiento no les permitía moverse ni un ápice. Recuerdo que me pregunté cómo era posible que siendo tan obvio su dolor pudiésemos hacerles eso. Esa pregunta quedó en suspenso por unos meses, supongo por la disonancia cognitiva que me causó. Simultáneo a eso ya habíamos adoptado con mi familia nuestra primer gata, Mirringa –ya sé, no nos esforzamos mucho con el nombre- que venía con una camada de seis cachorros. Ella fue la que me guió en este camino porque nuestra relación me mostró que los animales que vemos tan lejanos, tan genéricos, no son todos iguales, no actúan todos igual, son individuos con personalidades bien definidas. Para algunos será una tontería, pero lo que significó para mi vida la llegada de Mirringa fue un cambio radical. Creía que cuidar a un animal era una tarea básica, ofrecerle comida y techo. Nada más alejado de la realidad, no es una tarea básica porque cuidar a un animal se trata de permitirle ser y entender su naturaleza, y cuando se trata de animales rescatados es entrar en un proceso complejo de sanación de su maltrato físico y psicológico. En estos años de contacto con gatos me he tenido que dedicar mucho tiempo a su bienestar, tanto que esa es una de las cosas más importantes de mi vida: hoy soy cuidadora de cinco gatos, por eso admiro mucho la entrega, la dedicación y el amor que profesan quienes se encargan de cuidar animales y sobre todo de quienes dedican su vida entera a ello.

Gracias a ella decidí volver a buscar sobre veganismo, iba de nuevo por una postura radical sin transiciones, ya contaba con la autonomía suficiente para defenderla y para hacerme cargo de mí. Debo decir que fue mucho mas fácil porque fue una decisión conjunta con mi hermana y siempre es conveniente hacerlo acompañado porque nos sentimos comprendidos, sentimos que no estamos solos en eso. Sólo necesitaba llenarme de motivos pero ya tenía mi mente y mi corazón abiertos. Gracias a varias charlas que vi en Youtube de Gary Yourovski y alguna entrevista a Melanie Joy lo decidí, de un día para otro dejé de comer animales y sus derivados. También empecé a rechazar el uso de productos que contenían ingredientes de origen animal. Me pasó como a todos al principio y me obsesioné buscando el origen de x ingrediente tratando de ser una vegana perfecta. Luego entendí que no se trataba de ser perfecta sino de lo que fuese posible y práctico hacer. Resolví que era más conveniente invertir ese esfuerzo en apoyar proyectos de veganos (restaurantes, santuarios y sobre todo activismo por los derechos de los animales) que en perfeccionar mi propio consumo. Ahora sé que es altamente improbable tener un consumo vegano perfecto porque no vivimos en sociedades veganas/animalistas, vivimos en sociedades especistas basadas en la explotación animal. Eso tiene que cambiar.

Durante estos años por supuesto no han faltado las burlas –a las que hago caso omiso, no tengo tiempo ni energía para invertir en eso- ni los cuestionamientos. Al principio me daba mucha impotencia, pero he aprendido convivir parcialmente con eso y a pensar sobre ese tipo de comentarios. Es entendible que haya dudas porque nos han enseñado que lo normal es usar y abusar animales. Pero nuestro deber es desaprender eso que nos han enseñado. Pocas veces me he animado a responder esos cuestionamientos porque generalmente siento que son malintencionados, pero les he ido echando cabeza porque estoy convencida de que cuando algo es injusto debe haber forma de explicar por qué lo es, así no la hayamos encontrado aún. Aquí van mis respuestas a algunas de las argucias tramposas que he encontrado durante estos años.

Voy a empezar por las más basic bitch pues siempre he querido responderlas pero no lo he hecho porque las he visto en redes sociales y ese por supuesto no es un espacio para el debate.

* “¿Qué harías si estuvieras en una isla desierta en la que sólo pudieras comer animales para sobrevivir?” La respuesta es sencilla: probablemente me comería algún animal ¿y? En ese caso no lo estoy explotando. El veganismo se trata de una lucha contra toda forma de explotación animal, por tanto no entra en pugna con los casos en los que hay que matar a un animal para sobrevivir. Por otro lado no me gusta vivir mi vida basándome en supuestos, es decir no tomo las decisiones diarias a partir de lo que haría si me encontrara en una situación altamente improbable, por eso este cuestionamiento me parece tramposo. Volteemos la pregunta ¿si vivieras en una lugar que te ofrece todas las opciones que te permitirían no tener que explotar animales, lo harías? Porque vivimos en ciudades que nos ofrecen esa posibilidad en buena medida y todos los veganos que vivimos en esas ciudades somos la prueba de que puede vivirse bien. Claro, al principio parece que no hay opciones para comer fuera de una dieta especista, pero eso es porque no nos hemos dado la oportunidad de conocer toda la riqueza gastronómica que nos ofrece el reino vegetal. Ahora como mucho más variado de lo que comía cuando no era vegana.

* “Conozco un vegano famélico.” Sinceramente me sorprende que a estas alturas todavía se vea rondando por ahí esta razón. No entiendo por qué se empeñan tanto en buscar al vegano desnutrido para mostrarnos a los veganos que estamos descompensados. Por supuesto que hay veganos que quizá no se preocupan tanto por su alimentación, pero en estos años que llevo de veganismo esa ha sido más bien la excepción y no la regla. Los veganos en general somos muy comprometidos con preocuparnos por la alimentación que requerimos y lo hacemos porque nos dimos cuenta de la mentira tan grande en la que vivimos durante mucho tiempo creyendo que para estar nutridos necesitábamos explotar animales.

Qué conveniente que cada vez que los veganos señalamos los beneficios para la salud de una dieta basada en plantas -que es un beneficio añadido, no nuestro principal objetivo- sale a relucir esta razón. Absolutamente todos conocemos personas con dietas carnistas con pésimos estados de salud y allí no vemos la evidente realidad: el problema está relacionado con la dieta, si no es que se reduce solamente a la dieta. Durante estos años he podido experimentar el aforismo de Hipócrates “que tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento.”

De aquí en adelante son otras un poco más elaboradas.

* “Ay, pero ese saco que estás usando es de lana, esos zapatos que estás usando son de cuero.” Esta me la he topado un par de veces porque tengo un par de zapatos de cuero y tengo unas cuantas prendas de lana. Sé que hay veganos que tan pronto deciden serlo desechan todas sus cosas que tenían algo de origen animal. Yo no fui de esas y ahora mismo no soy una de las que rechaza dogmáticamente algún artículo por el hecho de tener algo de origen animal pues entro a evaluar otras cosas.

Aquí vuelvo con lo del asunto de la obsesión del vegano perfecto que ya mencioné antes. Sé que hay veganos que no se sienten cómodos usando algo de origen animal, en mi caso no es así del todo y depende del artículo. Uso un par de cosas de origen animal si me parece que son una opción mucho más amable con el medio ambiente, que es el hogar de todos, o sea de los animales también. En general promuevo un consumo responsable, cuidadoso y consciente. Por ejemplo, conservo un par de zapatos de cuero que tenía desde antes de ser vegana (tenía otros pares más pero ya se han ido dañando o simplemente ya no los usaba y terminé donándolos). Decidí conservarlos porque ya estaban conmigo y me parecía un desperdicio botarlos teniendo en cuenta que estaban en buen estado. Mi armario está compuesto en un 90% de prendas de segunda mano porque este mercado es generalmente mi primera opción. He comprado varias prendas vintage de lana, prefiero esta opción para seguir alargando la vida útil de una prenda que terminaría siendo basura aún siendo aprovechable. Pienso que si nos decidiéramos colectivamente a botar todas las prendas de vestir de origen animal que tenemos y quisiéramos reemplazarlas por otras nuevas de origen sintético estaríamos siendo irresponsables, pues eso demandaría la fabricación de nuevos artículos que por supuesto exigen el uso de recursos, lo que terminaría afectando los hábitats de animales alrededor del planeta. Mejor usar lo que ya tenemos, o en su defecto lo que ya tiene muchos años de fabricado.

Sin embargo, hay artículos cuya extravagancia y crueldad me parecen muy ofensivas, como por ejemplo los abrigos de pieles. Nunca usaría un abrigo de esos por más que haya sido fabricado hace no sé cuantos años porque aunque ya es imposible impedir que asesinen a ese animal, por lo menos puedo impedir que se deshonre su memoria.

Todavía queda una aclaración más: no promuevo para nada la fabricación de artículos de cuero, sostengo que es algo que debería parar lo más pronto posible. La peletería es una industria que debe desaparecer porque es cruel e innecesaria, ya creamos alternativas sintéticas que nos permiten producir indumentaria sin tener que criar y matar animales para desollarlos y luego convertir su piel en zapatos u otros artículos. Sin embargo hay quienes defienden la producción de cuero –es decir la producción de un animal para quitarle su piel- como una opción ambientalmente preferible porque supuestamente es una alternativa natural, lo cual es falso. El cuero no es un producto natural, es un producto que se hace a partir de piel, que sí es natural, pero para que quede convertida en lo que denominamos cuero hace falta procesarla con una serie de técnicas como curtido, tinturado, impermeabilizado, entre otras. Este procesamiento de la piel animal requiere una buena cantidad de petroquímicos, con lo cual la elaboración de cuero no parece muy ecológica de entrada.

Aunque parezca contraintuitivo, la verdad es que el poliuretano del que está hecho el cuero sintético es una alternativa más amigable con el medio ambiente que el cuero. En principio parece que esto no es así porque relacionamos el cuero sintético con un material que tiende a deteriorarse mucho más rápido que el cuero animal, es decir que un artículo de poliuretano podría convertirse en basura mucho más pronto que uno de piel. El asunto es que el impacto ambiental no se mide sólo por la disposición final de un producto, sino que me mide por todo lo que está involucrado en la producción, utilización y disposición final del mismo. Es por esta razón que el cuero tiene un impacto peor en el medio ambiente que el poliuretano. La cantidad de combustibles fósiles y gas metano involucrados en la elaboración de cuero vacuno es asombrosa. David Pimentel, ecologista de la Universidad de Cornell, afirma que la crianza de un novillo para la producción de siete libras de cuero –y no, el cuero no es un subproducto de la industria de la carne, en efecto también se producen bovinos en específico para la industria del cuero- requeriría 284 galones de petróleo. Adicionalmente, este animal en su corta vida de 36 meses –en promedio la cantidad de tiempo que le permiten vivir- liberaría 300 kilogramos de gas metano. Y esto sólo para producir la materia prima que es la piel, todavía faltan todos los recursos que demanda el procesamiento. Para que nos hagamos una idea de lo que significa producir siete libras de cuero, estas cifras serían el equivalente a conducir un auto 30000 km, según la calculadora de Greenhouse Gas Equivalencies. En contraste producir esa misma cantidad de poliuretano sería equivalente a conducir 50 km.

Sobre la producción de cuero ambientalmente responsable sólo tengo por decir: estamos hablando de la piel de animales y de que ya tenemos opciones artificiales para no seguir usándola, ¿por qué siquiera nos seguimos planteando la opción de seguir produciendo a costa de sus vidas?

* “Ser vegano es un privilegio de clase, las personas más pobres no pueden darse el lujo de no comer carne porque es muy caro. Nada más mire el precio de la leche de almendras comparado con la de leche de vaca.” Aquí juega la lógica de ampararse en los más desfavorecidos para justificarse, por supuesto esta frase usualmente viene de alguien que no hace parte de las personas empobrecidas. Usualmente las personas en condición de vulnerabilidad no tienen dinero para comer carne diariamente, entonces el problemático consumo de carne no recae principalmente sobre ellas, sino en la gente que sí tiene dinero para comer carne y otros derivados de origen animal a diario, incluso varias veces al día. Además ya basta de ese paternalismo con las personas empobrecidas, ellas tienen conciencia y pueden tomar decisiones éticas y morales, de hecho las toman.

Una dieta basada en vegetales es una dieta mucho más económica, es decir que optimiza y administra mucho mejor los recursos, que una dieta basada en carne porque producir un kilo de alimento vegetal es mucho más barato que producir un kilo de carne. Hay suficiente información disponible en la web que sustenta esta afirmación. “Pero es que la gente pobre no come carne porque obvio no tiene plata para eso, les toca a punta de hueso carnudo o menudencias”. Creo que todos estamos de acuerdo en que estos subproductos son considerados desperdicio de la industria cárnica, y no porque no puedan contener algo de valor nutricional, sino porque culturalmente criamos animales para comerlos parcialmente pues queremos apenas algunas de las partes de sus cuerpos, a diferencia de los carnívoros que cuando cazan una presa comen todo de la presa -no, no somos carnívoros, somos omnívoros que pueden obtener todos los nutrientes que necesitan de una dieta basada en plantas e incluso hay quienes sostienen que somos herbívoros. Naturalizamos el hecho de que la gente pobre debe comer desperdicios y comida de pésima calidad porque pensamos que lo único que necesitan es suplir la urgencia de llenar la panza. Cuando los veganos señalamos que una libra de legumbres es más barata y aporta muchos más nutrientes que una libra de carne, por tanto podría alimentar mucho mejor a una familia, nos responden cosas del estilo “¿pero qué pretenden, que todo el mundo se mantenga a punta de lentejas?”. Y no, la verdad es que no pretendemos eso porque promovemos una alimentación variada. Lo curioso es que cuando lo que se promueve es que todo el mundo se mantenga a punta de carne, leche y huevos ahí al parecer no hay inconveniente con que la dieta sea poco variada.

El problema es que este tipo de razón naturaliza el hecho de que en el mundo hay personas pobres y que esas personas tienen que atravesar esa pobreza. Tal vez antes de seguir perpetuando esta forma de organización social con este tipo de razones, podríamos más bien preguntarnos ¿por qué existen personas empobrecidas en el mundo? Y también ¿por qué alguien que no tiene plata no tiene derecho a alimento digno? Lo cierto es que no es justo que malgastemos recursos produciendo animales por su carne, a la que sólo unos pocos podrían tener acceso, en vez de tener un sistema alimentario mucho más justo en el que no se necesite producir alimento de engorde para un animal que será comido, sino que ese alimento sembrado sea directamente usado para alimentar personas. La carne es un intermediario del que no necesitamos.

Hay organizaciones comunitarias que le apuestan al veganismo popular como proyecto de justicia social, en Bogotá está la Olla vegana popular, por ejemplo. Es seguro que alrededor del mundo hay muchos proyectos similares.

Comer carne muchas veces es un símbolo de prosperidad económica, incluso de ascenso social. El verdadero privilegio de clase es comer carne.

* “El veganismo no es para todos, por ejemplo los indígenas no pueden ser veganos porque hace parte de su cosmovisión comer algunos animales que crían o que cazan.” Sinceramente esta me parece una zona gris, porque tengo serias dudas sobre si las comunidades de pueblos originarios deberían ser veganas, así como también tengo serias dudas sobre la idea de que las prácticas de los pueblos originarios no podrían ser cuestionadas. Pero el asunto con esta afirmación es que usualmente viene de alguien que por supuesto no hace parte de ninguna comunidad “indígena”, sino que viene de parte de un citadino. Me parece sumamente cínico que alguien que vive en una ciudad, con todos los privilegios que eso significa, use esta razón para seguir comiendo carne, que es algo así como “como el veganismo no es para todos, entonces no es para nadie”. Creo que es clave señalar esto: las ciudades en las que vivimos están aquí producto del exterminio de los pueblos originarios, de los que sobrevive muy poca población. Para que las ciudades funcionen como lo hacen, y nos sea posible encontrar en estas disponibilidad permanente en los supermercados de pedazos de carne listos y empacados para llevar a casa, hace falta, entre otras cosas, aniquilar cientos de hectáreas de selva virgen para poder criar el ganado que luego será consumido como comida y vestido. En este territorio que ahora reconocemos como Abya Yala los protectores de la selva virgen históricamente han sido los pueblos originarios, por supuesto esto les ha costado y les sigue costando la vida. Visto de esa forma, dejar de comer carne, o sea dejar de demandar la crianza de ganado, sería una acción más comprometida con la defensa de estos pueblos sobrevivientes, si es que lo que nos preocupa es la protección de su vida, de su cultura y de algunas de sus costumbres.

* “¿Pero por ejemplo para la salud qué harías? o sea si necesitas una vacuna y sabemos que todas las vacunas son probadas en animales o por ejemplo si necesitas de algún tratamiento que tenga un derivado de origen animal.” La respuesta es sencilla igual, si eso llega a pasar seguramente voy a aplicarme esa vacuna o a tomar ese tratamiento. No soy antivacunas, es muy claro para mí que si hay una epidemia los científicos desarrollan vacunas que serán efectivas para inmunizarme de padecer ese virus. Por ahora lo único que puedo hacer es tratar de evitar al máximo la necesidad de medicamentos, hasta ahora he podido prescindir de antibióticos, métodos de planificación, analgésicos y de tratamientos médicos en general. Espero no tener que verme en la necesidad de usarlos.

No me he adentrado particularmente en el tema de la salud, pero en lo que he leído sobre historia de las vacunas y de sus respectivas enfermedades en Occidente al parecer tienen origen en el traspaso del límite con los animales silvestres. Ese contacto nos ha traído múltiples enfermedades zoonóticas: desde la gripa más común hasta el COVID 19 que hoy nos tiene encuarentenados. Tampoco he explorado lo suficiente este tema, pero hay quienes sostienen que las pruebas en animales en realidad no son confiables. Creo que vale la pena seguir explorando esta crítica.

El problema que señalamos constantemente los defensores de los derechos de los animales, a quienes se nos pide perfección y que no hagamos uso de nada de origen animal como si no hiciéramos parte de este sistema, es precisamente que naturalizamos el hecho de que tenemos vidas que para ser vividas necesitan de explotar la vida de otro. Vivo en un sistema que explota animales para poder sostenerse y por tanto me resulta muy difícil, por no decir imposible, abstraerme por completo. Lo potente aquí es plantear críticas a este sistema para que como sociedad empecemos a movilizarnos hacia formas de organización social que no exploten animales. Creo firmemente que deberíamos repensarnos como sociedad formas de salud que no impliquen la explotación de otros animales. Somos la única especie que para vivir supuestamente necesita explotar a otros.

* “¿Defensores de los derechos de los animales? No, primero empatía y activismo por nuestra especie, y cuando la alcancemos ahí sí podremos aspirar a los derechos de los animales.” Uhm no. Las cosas no funcionan en una lógica lineal aunque nos hayan convencido de que es así. No se pelea primero contra unas injusticias y luego por otras, como desbloqueando niveles, sino que tan pronto reconocemos la injusticia de algo, acabarla se convierte en nuestro norte. De hecho este tipo de razón me recuerda mucho la de los machos de izquierda diciéndole a sus compañeras de lucha, “primero la revolución, luego los problemas de las mujeres.” Por supuesto no les interesaban en absoluto los problemas que vivimos las mujeres y nosotras nos agotamos de posponer nuestros problemas.

Los derechos de los animales no excluyen los derechos humanos, de hecho los contienen porque nosotros también somos animales. Los defensores de los derechos de los animales que he podido conocer y que admiro son de lejos las personas más empáticas y sensibles que he conocido, como la concejala y activista Andrea Padilla, pues reconocen lo estructural de las injusticias y cómo se interconectan, han podido establecer cómo la violencia animal se conecta con la violencia contra los humanos. Un ejemplo, todas las formas de tortura que fueron aplicadas en los campos de concentración en los judíos fueron probadas primero en animales ¿qué comparten los animales y los judíos para los nazis? Su deshumanización, se somete y se explota a quien no se le reconoce o se le despoja de su humanidad, a quien se cosifica.

Lo que sucede es que hay algunos que sólo se concentran en esos veganos que creen que los humanos somos una mierda, veganos que por supuesto no caen en cuenta de que los humanos también somos animales y que hemos sido terribles pero también somos maravillosos. Me cuesta mucho entender cómo es que para definirnos como especie pesan más los actos de crueldad sobre los muy profundos actos de bondad y de amor. Por poner un ejemplo arbitrario: no entiendo cómo es que es más importante la figura de Hitler –y si estás pensando que era vegetariano, de una vez te digo que eso es un mito-, que por ejemplo Jane Goodall (es ilustrativo de esto la cantidad de resultados que arroja de uno y otra una simple búsqueda en Google). Supongo que es porque creemos que para acabar con la guerra tenemos que dedicarnos más a pensar sobre la guerra y nos olvidamos de dedicarnos también a pensar y explorar la vida sin violencia, en paz. Por supuesto esto también nos sucede a muchos veganos: la crueldad contra los animales es tan superlativamente abrumadora que a veces se nos olvida que los humanos somos capaces de proteger y de cuidar la vida de otros animales, que no siempre hemos sido crueles. Sin embargo, he aprendido a ser compresiva con las reacciones y la antipatía hacia los humanos que manifiestan algunos cuidadores de animales. Me parece comprensible que alguien que ha visto de primera mano la violencia constante tan horrorosa de la que somos capaces contra los animales y la impunidad en estos casos haya de algún modo perdido la confianza en la humanidad.

*

Para la gente que conoce solamente la dieta vegana por los influencers de instagram y eso le ha hecho creer que el veganismo es un privilegio de clase, los invito a que busquen un poco más de información porque la vida no sucede en las redes sociales y esta postura nació para remover los cimientos mismos sobre los que está montada la sociedad no como una dieta cool y fitness, sino como una apuesta política que rechaza cualquier forma de explotación animal.

A las personas que hacen crítica al capitalismo pero de ninguna manera han relacionado cómo la explotación animal es la base que sostiene este sistema los invito a cuestionarse. El sistema capitalista es muy complejo, pero definitivamente los animales son la gran materia prima del capitalismo.

He visto personas que dicen “nada que hacer, los veganos tienen razón. Yo igual sigo consumiendo animales pero al menos reconozco que tienen la razón.” Invito a quienes se sientan interpeladas por lo que acabo de decir a que den el siguiente paso y dejen de ser parte de esa barbarie, ya dieron el más difícil, darse cuenta de la crueldad de la que son agentes. Los veganos no lo somos por la vanidad de tener la razón, y si hay algunos que lo hacen por eso creo que deberían revisar sus motivos. Los veganos hacemos esto porque queremos que pare la injusticia del genocidio animal (según Anima Naturalis cada año se asesinan 53 mil millones de animales para satisfacer la demanda de una dieta carnista, sin tener en cuenta si quiera a los animales que son asesinados producto de otras formas de explotación. Si eso no es considerado un genocidio no sé entonces qué significa esa palabra). No nos sirve de nada para lograr este objetivo que nos den la razón pero que igual sigan consumiendo animales.

A los veganos que ya dieron el paso y dejaron de ser parte de esa barbarie, los invito a apoyar o a hacer activismo por los derechos de los animales, hay muchas formas de sumarse a esta causa. Yo sé que nos han convencido de que estamos salvando animales por el hecho de no consumirlos pero eso no es cierto, simplemente estamos dejando de hacer parte de una barbarie que igual sigue teniendo lugar en el mundo. En Colombia invito a apoyar la labor de Juliana’s Animal Sanctuary, del microsantuario Libertad, de los espacios Secondchances y La voz de Goyo, de la Fundación Fupaal, pionera en el país en esta labor de rescate de animales y en el ejercicio del derecho animal.

Ah y una última invitación: por favor cuando nos encontremos en una manifestación y la policía empiece a reprimir, no les griten “cerdos” para insultarlos. Busquemos en nuestra capacidad creativa y agudeza mental un verdadero insulto, uno que de verdad nombre esa injusticia que cometen contra nosotros.

Viviendo la filosofía.

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